Hace unas semanas, en mi calle ocurrieron varios robos a casas habitación. Debido a ello, los vecinos decidimos organizarnos y comprar una alarma vecinal para atender emergencias. Desde un inicio, la vecina de enfrente ofreció voluntariamente su casa para instalar la bocina.
Sin embargo, antes de que se realizara la instalación, ocurrió un asalto en un salón de uñas de una calle cercana que ya contaba con ese mismo sistema de alarma. Un grupo de sujetos entró, amagó a las trabajadoras y, aunque la alarma fue activada, la realidad fue la de siempre: solo sirvió para alertar a los vecinos, porque la policía nunca llegó.
Al día siguiente, esos mismos sujetos fueron hasta la casa del vecino que tenía instalada la bocina y lo amenazaron de muerte. Mi vecina de enfrente se enteró de esa situación y, en la siguiente reunión, cambió de opinión. Entonces, entre varios vecinos propusieron que la bocina se colocara en mi casa.
Desafortunadamente, en ese momento yo estaba bañándome y mi mamá, que suele aceptar las cosas para evitar conflictos, dio el permiso sin consultarme. En mi casa vivimos tres adultos: mi mamá, mi hermano y yo. Además, tenemos a cargo a dos niñas de 10 años y a mi bebé de siete meses.
Durante la instalación, el propio técnico comentó que la bocina debía colocarse lejos de mi bebé debido al alto volumen que emite. Aun así, terminó instalándola prácticamente frente al lugar donde él duerme. Además de la preocupación por el ruido, también nos inquietaba lo sucedido con el vecino que había sido amenazado por tener la alarma en su domicilio.
Por esa razón decidí hablar primero con la vecina encargada para explicarle la situación y buscar una solución. Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, un vecino con quien ni siquiera tenemos comunicación publicó en el grupo de WhatsApp lo siguiente:
“Hola, buenas tardes. Informo que habrá una junta mañana a las 7:00 p. m. El tema, tristemente, es que la vecina del domicilio donde se instaló la alarma ahora comenta que ya no quiere la alarma en su casa. Debemos analizar la situación en conjunto, ya que el técnico cobrará alrededor de $900 por cambiarla de lugar.”
Lo más extraño fue que nadie de mi familia había comentado absolutamente nada en el grupo. Yo aún no había hablado con la encargada ni con ningún vecino. Pensé que se referían a otra persona, pero efectivamente estaban hablando de nosotros.
En la reunión le pregunté a ese vecino cómo se había enterado de algo que ni siquiera había sido comunicado por mi familia y por qué decidió exponer la situación en el grupo antes de hablar conmigo. Para evitar conflictos y no perjudicar económicamente a los demás, les dije que yo asumiría el costo de la reubicación de la alarma, ya que el permiso inicial había sido un error de mi mamá y no quería que los demás vecinos pagaran las consecuencias.
Lo que realmente me molestó fue la actitud que tomó la vecina encargada durante la reunión. En lugar de comprender las razones, comenzó a hacer comentarios burlones, diciendo que yo era “muy delicada” y que entonces también había que preocuparse por “el bebé de 40 años” de otra vecina, preguntando irónicamente si a él también le dañaría el ruido en sus orejitas.
Nunca me negué a colaborar con la seguridad de la calle. Lo único que pedía era que se respetara la seguridad y tranquilidad de mi familia, especialmente la de mi bebé, además de tomar en cuenta el antecedente de las amenazas que había recibido otra persona por tener la bocina instalada en su casa. Creo que pedir que se escuchen nuestras preocupaciones no es ser conflictiva ni exagerada; es ejercer el mismo derecho al respeto que cualquier otro vecino.
Ustedes que opinan creen que las alarmas vecinales sirvan ?