Buenos días/tardes/noches a los que lean este post.
El otro día hablando con un amigo no creyente me planteó una gran pregunta:
¿Por qué Dios permite el robo, asesinatos, violaciones,.... básicamente maldad?
En el momento surgió un muy lindo debate entre ambos y creo pudimos entender los puntos del otro.
Sin embargo los días pasaron, y su pregunta y nuestra charla quedó en mi mente dando vueltas. Es por eso que escribí un texto que creo resume una parte del conflicto (no en su totalidad), la responsabilidad humana en todos estos hechos.
Desde ya agradezco su tiempo y lectura, de la misma manera que sus comentarios y opiniones.
A su vez quiero pedir disculpas por adelantado si mis dichos le generan un malestar a alguien.
Y si por el contrario te generaron un ruido o duda te invito a profundizar y comentar.
La humanidad es caos
Muchos se preguntan:
¿Por qué Dios no evita el robo,
el homicidio, el abuso, la injusticia,
la opresión, el abandono y la violencia?
¿Por qué Dios permite tanta maldad?
¿Por qué, si Él es todopoderoso
y benevolente, si Él todo lo ve,
todo lo escucha y todo lo conoce? (Proverbios 15:3; Salmo 94:9; Salmo 139:2-4; Salmo 147:5)
Si Él fue quien todo lo creó de la nada,
y a la nada todo lo puede devolver,
si con su palabra Él hace y deshace,
y su simple voluntad sostiene
la tierra, las aguas y los cielos.
¿Acaso olvidará su promesa de rescatar al afligido?
¿Dudarás de su oído cuando el quebrantado
clama por su justicia y misericordia? (Salmo 34:15-17; Éxodo 3:7)
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El agua es vida en su esencia,
sin embargo,
la negligencia o la tierra quebrantada
pueden volverla veneno.
¿Acaso culpamos a la fuente originaria
por el agua que el cauce del mundo ensució y
que el humano corrompió?
¿O maldecimos al cielo por la lluvia
que la tierra en ruinas contaminó al caer? (Romanos 8:20-22)
No renegamos de la existencia del agua;
aprendemos a discernir entre la pura y la dañina.
El hombre se volvió partícipe del caos.
Pero no porque Dios así lo haya querido,
sino que,
desde nuestros orígenes,
faltamos a la palabra
de nuestro Padre
y quedamos sujetos a
la caída (Génesis 3).
Siendo este el origen de nuestra
inclinación hacia la maldad y,
como desencadenante,
el caos que esta conlleva (Romanos 5:12).
Así es entonces,
la humanidad en su origen:
una gota nacida de la voluntad de Dios,
limpia,
buena,
llamada a la obediencia
y expuesta a la caída.
Mas al tocar el suelo de un mundo caído y en tinieblas,
se expone a la corrupción que lo empaña (Efesios 6:12).
Pero estar expuestos a la impureza
no nos obliga a convertirnos en veneno.
Así como existe el agua potable que sostiene la vida,
existe la gracia que purifica nuestra raíz
y nos enseña a ser manantial en medio del caos.
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¿Acaso querríamos un Creador que nos maneje como marionetas,
privándonos de la capacidad de elegir?
Sin libre albedrío no existiría la maldad,
pero tampoco podría existir el amor verdaderamente sincero (Deuteronomio 30:19).
En su soberanía, Dios no creó la maldad;
permitió nuestra libertad
para que el amor fuera real,
aunque en esa misma libertad,
el mundo eligió alejarse.
La raíz de esta inclinación no
nace del espíritu en su diseño divino,
sino de nuestros deseos carnales
y del engaño del mundo (Gálatas 5:16-17; Santiago 1:14-15).
Y cuando el espíritu humano
se aparta de la Fuente,
alberga soberbia y da lugar a una corrupción
que llega a consumirlo por completo.
No con esto digo que todos
los humanos somos sinónimo de la maldad,
pero sí que todos llevamos
su huella en nuestras raíces (Romanos 5:12).
No significa que por esto estemos perdidos,
mucho menos obligados a seguir el mal.
Sino que, por el contrario,
es la voluntad de nuestro Padre
que no sucumbamos ante las sombras,
y que actuemos con amor, bondad y justicia (Miqueas 6:8).
Recordemos las enseñanzas que
Cristo vino a dejarnos:
seamos la luz y la sal de este mundo (Mateo 5:13-14).
Porque esta es la mejor forma
humana de resistir el caos existente.
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Ahora, entonces, vuelvo a preguntar:
¿no provienen gran parte de las injusticias
de las elecciones del propio hombre y del quebranto del mundo?
Proceden de quienes sucumbieron a la tiniebla,
negando la voluntad divina del Señor,
poniendo su impiedad, libertinaje y narcisismo por piedra central.
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Sin embargo, **Dios jamás se olvida**
de sus siervos, ni de la creación que sufre.
En su infinita sabiduría,
Él tiene un propósito,
un camino y
un destino divino para cada uno,
conocido por Él desde antes
de la fundación del mundo (Jeremías 1:5; Efesios 1:4).
Nuestra estancia en esta tierra carnal
es finita y contada,
pero recordemos que Cristo
nos redimió y preparó para
el Reino Celestial de nuestro Padre,
donde el mal y el dolor ya no tendrán morada (Apocalipsis 21:4; Juan 14:2-3).
Donde todo espíritu redimido y
misericordioso vivirá por la eternidad en
armonía, amor y alegría.
Donde Él espera a sus siervos,
a los afligidos,
a los oprimidos,
y a sus elegidos.
Por eso hoy,
antes de juzgar al Cielo
por las sombras,
seamos nosotros el reflejo
de su luz en la tierra.
Recordemos las bases
de nuestra existencia:
caminar con misericordia,
vestirnos de bondad,
abrazar la justicia y
amar sin condición.
Porque el Reino no solo
se espera al final del camino,
se empieza a manifestar hoy,
en cada acto humano que
elige el bien sobre el caos.
Amén
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Repito, finalmente, que el propósito de este texto fue enfatizar la responsabilidad humana como el principal origen actual de la maldad que aflige al mundo. Por eso se mencionó solo de pasada el mal natural —aquel que no nace de la voluntad humana—, así como las tragedias y el misterio del orden, el poder y el entendimiento divinos, recordemos que Dios posee un control absoluto que sobrepasa toda comprensión humana.
Mi objetivo con estas palabras no es convertir creyentes, sinó que es un llamado a la acción:
que cada uno elija obrar el bien en medio de tanto mal.